1 Samuel 1 – “Un Hijo para Ana”

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1 Samuel 1:1-28 (Nueva Versión Internacional (NVI))

 

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Sermón

1 Samuel 1 “Un hijo para Ana”

Una de las cosas que más disfruto es una buena historia: ver películas o leer un buen libro… una
historia cautivante, llena de emoción y aventura es lo que más aprecio. Recuerdo que cuando fui a
ver la primera película del “Señor de los Anillos; una historia bien contada, excelentes
ambientaciones, maquillaje, vestuario, música, etc. Me gustó tanto que la fui a ver varias veces.
Los libros de 1 y 2 de Samuel contienen las historias más cautivantes de toda la Biblia, hay acción, romance, traición, peleas épicas, héroes valientes y temibles villanos. Sin embargo no son sólo historias apasionantes, no son sólo registros biográficos de los héroes, sus aventuras, dolores, penas, peleas y sentimientos. Sobre todo, estos libros contienen profunda teología y una poderosa enseñanza concerniente a Dios, sus propósitos para su pueblo y para la humanidad.

Estoy convencido que estudiar estas historias y aprender lo que nos enseñan de Dios y de nosotros será de mucha bendición para nuestra iglesia. Oremos.

Una introducción al libro, ¿dónde estamos en la historia?

Antes de entrar en la maravillosa historia de Ana, es importante saber dónde estamos ubicados en la historia más grande ¿en qué momento histórico se sitúa este pasaje, el libro?, ¿cuál es el contexto? Así que quiero pedirles que nos concentremos por unos momentos en esos temas por favor.

Recodemos que Dios había llamado a Abraham y le había prometido bendecirle, hacer de él una gran nación y darles una tierra especial en Canán. Y así, el Señor bendijo a Abraham, de sus nietos se formaron las 12 tribus de Israel y sus descendientes llegaron a vivir en Egipto.
Pero pasaron los años y las cosas fueron mal en Egipto, los israelitas fueron esclavizados, maltratados y sufrieron mucho hasta que Dios les envió un libertador: Moisés y mediante él Dios liberó a su pueblo a través de milagros y señales poderosas. Pero el pueblo se quejó contra Dios y contra el líder que Él había escogido, pecaron grandemente
de rebeldía y por eso el Señor les castigó haciéndoles vagar por el desierto por 40 años.

Finalmente ni Moisés entró en la Tierra Prometida, sino que fue Josué quien lideró la incursión a Canán. Pero lamentablemente el pueblo volvió a pecar contra Dios, una vez que murió Josué y los
líderes de esa generación, los israelitas comenzaron a adorar a los dioses cananeos y a practicar sus abominaciones y hacer las cosas mismas cosas que hacían los paganos. Como resultado,
Dios castigó a Israel entregándolos en las manos de sus enemigos.

Pero no todo estaba perdido, Dios levantó líderes que rescataron al pueblo y los gobernaron de manera justa. Este periodo de
la historia de Israel está registrado en el libro de Jueces. Fue trágico. Al leer el libro de Jueces vemos el ciclo que vive Israel: pecado, castigo, clamor, rescate y mayor pecado. Es como una espiral de depravación.
Cada vez que el líder que Dios había levantado moría, los israelitas volvían a pecar, sólo que aún peor y más grandemente que antes. Y no solamente en ellos era grande el pecado y la maldad, los mismos líderes que Dios había usado para rescatar al pueblo daban mucho que desear:

Aod confió en sus propios métodos, Barac tenía miedo y no confió en la Palabra de Dios, Gedeón fue egocéntrico e hizo pecar de idolatría al pueblo, Jefté terminó luchando contra los propios israelitas, Sansón no quiso cumplir su misión sino que le gustaba ir detrás de mujeres filisteas.

La situación es tan patéticamente mala que el libro de “Jueces” termina mostrándonos que Israel se está comportando como Sodoma y Gomorra, hay abusos, violaciones, lujuria y maldad de todo tipo y
el pueblo en lugar de tomar posesión de la Tierra Prometida están con rencillas y luchas internas matándose entre sí mismos. La situación es tan triste, tan mala que el último versículo del libro de Jueces lo resume bien:
Jueces 21:25 “En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.”

¡Este es el contexto de nuestra historia!

Ana y su familia vivieron en este tiempo de la historia de Israel, toda la historia que leímos se está viviendo en estos difíciles y terribles momentos. Con todo eso en mente estudiemos el pasaje de hoy.

La familia de Elcana en Ramá – 1:1-4

El personaje principal de la historia es Ana, una mujer casada con Elcana, un hombre prominente y que probablemente fue muy rico ¿por qué? ¡Porque puede tener dos esposas! Pero no nos apuremos
en hacernos una imagen de Elcana, ¿qué más nos dice la Biblia de él? Es un efrateo, es decir, un hombre que nació en Belén.
La Biblia nos deja bien claro que él es un hombre devoto que cumplía la Ley, Elcana es un hombre piadoso y temeroso de Dios, todos los años va a Silo a adorar ¡en este tiempo de la historia de Israel
esto era verdaderamente inusual! entonces ¿por qué no tiene hijos?
Es muy probable que se haya casado con Ana por amor (v.4) pero que se casó con Penina para tener descendencia.

El problema es presentado – La familia en silo 1:4-9

Pero hay problemas dentro de la familia, esta es definitivamente la historia de Ana. Y ella es una persona bajo gran estrés. Es inusual en el Antiguo Testamento que alguien sea descrito así como Ana, con tanto detalle (Ver vv.8, 10, 11, 15,16) ¿cuál será el problema? ¿Qué pudo llevarla a tal punto de depresión?

Primero: Es su situación social: vive en un mundo donde las mujeres viven y se destacan por su labor de madres, no tener hijos era un gran problema. Si una mujer no tenía hijos hablaban a sus espaldas y la criticaban, una mujer sin hijos era indigna y despreciada por la sociedad. Una familia sin hijos tenía poquísimas posibilidades de sobrevivir, cuando venían sus enemigos les quitaban todas sus cosas y destruían sus cosechas, una familia con hijos podía volver a comenzar.

Segundo: Increíblemente la presión más grande sobre Ana ¡es Dios mismo! (Ver v.5-6 y v.10) “El Señor no le había dado hijos” literalmente esos versículos dicen “el Señor había cerrado su útero” ¡Dios era la causa, el origen de su tristeza!

Tercero: la otra esposa de Elcana. Ella usaba su situación para perseguirla y humillarla públicamente y cada momento que podía para burlarse de Ana.

Finalmente: su propio esposo. En lugar de consolarla agrega estrés en ella (v.8). Sabemos que él ama a su esposa, pero sus palabras suenan a frustración fijándose en los problemas que son obvios
en lugar de su necesidad.

En resumidas cuentas, Ana es una mujer bajo mucha presión, cada año que suben al templo (Que normalmente era un tiempo de alegría y fiesta) para Ana es un recuerdo que Dios no le ha dado hijos,
además es humillada por parte de Penina, cada vez que van al templo no es un tiempo de alegría para Ana, al contrario, su dolor es a tal punto que ella ya no puede comer (v.7).

Ana a solas: una solución propuesta – 1:9-20

Así pasa el tiempo en la familia de Elcana y parece que nadie se percata del profundo dolor y sufrimiento de Ana. Hasta que un año algo es diferente.

El versículo 9 nos muestra que Ana sabe algo, ella sabe cuál es el origen de su situación y ella va directamente a la fuente de su problema. Va hacia el único responsable de cerrar su vientre. Ella pasa de largo al sacerdote Elí quien duerme en su silla ¡que terrible que la función del sacerdote era representar a Dios ante el pueblo, pero el sumo sacerdote duerme!

Pero eso no detiene a Ana, ella sabe que los sacerdotes no cerraron su vientre, así que pasa directo a hablar con Dios. ¿Cómo ora Ana? Veamos su oración y voto en el v.11 “…si tú te dignas mirar la aflicción de tu sierva… y das un hijo a tu sierva… le dedicaré a tu servicio”.

Primero, ella usa la palabra “recuerda”. En el Antiguo Testamento cuando dice que “Dios se acordó” no significa que Él se haya olvidado de algo, significa que Él hace algo o que está por hacer algo en la
vida de alguien (como cuando recuerda a Noé para salvarlo, o cuando recuerda a su pueblo esclavo en Egipto). Entonces cuando Ana le dice “acuérdate de mí” está diciendo “haz algo por mí.”

Segundo, ella usa en sus votos la palabra “dar” y “dedicar” pero en el original es la misma palabra: “si tu me das a mí, entonces yo te daré a ti”. ¿Le dará Dios un hijo a Ana? Y ¿Le dará Ana su hijo a Dios?
Elí el sacerdote despierta y al ver a Ana orar piensa que está borracha ¡cuando ella está mas consciente que el mismo Elí! Ella sabe más y cuando le explica recién él le da una bendición en el v.17 usando la misma palabra que usó Ana en sus votos: “El Señor te dará lo que has pedido”. Esto animó mucho a Ana. Cuando regresa a su familia ya no está triste, puede comer y su rostro no está triste.

El desenlace de esta historia comienza en el V. 19 con muchos verbos: “levantar”, “adorar”, regresar”, “Elcana se llegó a Ana” y “el Señor se acordó de ella”. ¡Ana tuvo un hijo! Y su hijo Samuel sería un hombre usado por Dios de una manera tremendamente poderosa; ya veremos más de él.

Entonces ya tenemos la primera pregunta contestada: Dios ha respondido, ahora la pregunta recae en Ana: ¿Le dará ella su hijo a Dios?

La familia otra vez en Silo – 1:21−28

En el versículo 21 vemos que Elcana vuelve a Silo para adorar a Dios, pero Ana no. Ana se queda a solas. En el mundo antiguo se tomaban dos a tres años para criar un hijo, así que es probable que Ana no haya subido a Silo por dos o tres años, los lectores originales de este libro hubieran entendido esto: ella no le dio su hijo a Dios por dos o tres años.

Pero el versículo 24 da respuesta a cualquier duda sobre la integridad de Ana a su parte del trato con Dios: cuando el niño podía valerse por sí mismo, ella lo llevó y lo presentó al sumo sacerdote con ofrendas y alabanza, el Señor había contestado sus oraciones y ahora ella cumple su promesa a Dios.

La historia comienza en adoración y termina en adoración.

Conclusión – De qué se trata todo esto

Es una hermosa historia, como les decía, este libro contiene hermosas y apasionantes historias, pero ¿de qué trata esta historia?, ¿cuál es el significado? Ana misma nos dice qué tenemos que entender, lo dice en su canción (tema del próximo sermón), pero esta historia nos introduce a un gran tema presente en todo el libro.

Vivimos en un mundo que ama el poder, busca a personas poderosas, la fuerza, la capacidad, la energía, el poder. Ana no está entre los poderosos, no está entre los fuertes, Ana está entre los desamparados, entre los débiles. Su historia nos dice que su situación le trae deleite a Dios, su situación nos muestra la clase de Dios que tiene Ana, su hijo nos revela el carácter del único y verdadero Dios y lo valioso que
es reconocernos desamparados ante Él. ¿Cuál es la verdadera naturaleza del desamparo? Que no puedes confiar en ti mismo ni controlar los eventos alrededor tuyo. Cuando estamos desamparados podemos hacer lo que Dios quiere que hagamos. Dios nos ha hecho para depender de Él, cuando somos débiles podemos volvernos a aquel que ayuda al que no tiene ayuda. ¡Esto lo vemos en toda la Biblia!

Queridos, la Biblia nunca habla de un Dios que dice “ayúdate que yo te ayudaré” ¡al contrario! El mensaje del Evangelio es que nosotros no podemos sin su ayuda, el Evangelio consiste en un Dios que ayuda al desamparado, al pecador.

Cuando el pueblo de Dios estaba bajo el imperio romano, sufriendo y clamando por ayuda, Dios les envió un niño quien derrotará al mal, a la muerte y al pecado, no con la fuerza, sino con un símbolo de
vergüenza: la cruz.

Cuando los creyentes están desamparados recordemos el evangelio: Cristo murió por nosotros y nos reconcilió con Dios. Conocemos la ayuda que Dios da al desamparado, si somos cristianos estamos
donde Ana estuvo: experimentando la misericordia de Dios y gracias a Jesús podemos acercarnos confiadamente al trono de gracia, y lo que encontramos allí es gracia en tiempos de necesidad. El Dios que adoramos es el Dios de Ana, es el Dios de los desamparados, el Dios que vino en forma de un niño desde el vientre de una madre, el Dios que viene a ser crucificado, el Dios que exalta al humilde.

¿Por qué si conocemos tan bien estas cosas no vamos a Dios como Ana lo hizo? Pensamos que debemos ser fuertes o poderosos para servir a Dios, pensamos que necesitamos tener logros o alcanzar metas, pero la verdad es que no somos fuertes y estamos fuera del control sobre muchas cosas y circunstancias. Algunos luchando con la pobreza, las amarguras de la vida, familiares que no responden al evangelio, falta de dones en uno mismo, muchos pensamos que Dios ha sido cruel con nosotros.

Rehúsa sentarte en amargura, es tiempo de levantarse y hacer lo que Ana hizo: rechazar ser una víctima y correr al Dios que conoce nuestras vidas. Roguémosle a él: “Dios haz lo que hiciste con
Israel, lo que hiciste con Ana… ¡acuérdate!” y cuando hacemos esto, somos lo que Dios quiere que seamos: hijos delante de un Dios que nos ama. Echemos nuestras ansiedades sobre él, no sabemos
si Él responderá mañana pero sí sabemos que Él escucha nuestras oraciones y recuerda a su pueblo con ayuda.

¡La naturaleza de Dios es ayudar al que no tiene ayuda!
Oremos.

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